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ORGASMOS

Por Paula Arribas

¿ESTAMOS EN EL ORGASMO-CENTRISMO?


 

La información sobre las posibilidades de nuestra sexualidad es necesaria, pero la obsesión por llegar a conseguir cada una de ellas también puede ser dañina. Nos encontramos cada vez con más artículos que nos enseñan dónde está el punto G, cómo hay que tocar los genitales para alcanzar un orgasmo, qué hay que hacer para tener un squirt, cuál es la mejor posición para llegar a un orgasmo a la misma vez que tu pareja, etc., y todo esto es necesario como información relevante a las posibilidades sexuales que tenemos, pero hay que tener cuidado con las exigencias que les estamos imponiendo a nuestra sexualidad. En vez de ser un viaje de autoconocimiento, de intimidad con nuestra pareja sexual y de placer, lo estamos convirtiendo en una carrera de obstáculos.

Es normal querer experimentar y vivir todas las posibilidades de nuestra sexualidad, pero ¿es eso realmente lo que estamos haciendo, o nos estamos limitando también a una norma que declara que es necesario tener orgasmos para tener una satisfacción sexual plena?

En 1927, el psiquiatra y psicoanalista Wilhelm Reich fue el primero que consideró el orgasmo como el elemento central de la respuesta sexual y, más tarde, el investigador Alfred Kinsey comenzó a medir la actividad sexual en relación con las descargas orgásmicas que se tenían, lo cual nos ha ido llevando a una cultura orgasmocentrista occidental.

El orgasmo se ha convertido en el fin último de las relaciones sexuales y, al igual que tenemos una forma cuantitativa de medir la satisfacción sexual en base a cuántas relaciones sexuales mantenemos a lo largo de nuestra vida, en vez de a la calidad de cada una de ellas, ahora parece que estamos haciendo lo mismo con los orgasmos. Parece que cuantos más orgasmos tenemos más satisfactorias son nuestras relaciones sexuales. Pero ¿es sólo el orgasmo la vara de medir de nuestra satisfacción sexual? ¿Son las expectativas y la necesidad de llegar a él lo que nos hace alejarnos más?



 

            

 

                                   Imágenes tomadas del Instagram de @lyona_ivanova

 


Lo curioso del orgasmo es que cuanto más se piensa en él mientras estamos teniendo relaciones sexuales, más probable es que no lleguemos a él. En términos generales, esto se debe a que en vez de estar en la propia relación, disfrutando de lo que está pasando, sintiendo cada sensación, excitándonos y deseando la piel de nuestra pareja sexual, estamos divagando en nuestra mente sobre el propio orgasmo, es decir, nuestra cabeza se llena de frases como ¿Cuándo voy a llegar?, ¿Qué pasa si llego o no llego?, ¿Es mejor que lo finja?… Por lo que al final no lo alcanzamos por querer controlarlo. Este dato lo que nos muestra es que el estar midiendo la satisfacción de nuestras relaciones sexuales solamente en cuántos orgasmos tenemos o si tenemos o no orgasmos hace que las expectativas de tenerlos sean altas y que sean más difíciles de alcanzar. La experiencia orgásmica necesita del abandono al sentimiento sexual, a la propia excitación y al placer. Así, si las condiciones son oportunas es probable que se dé alguna forma de clímax.

De este modo, una de las mayores barreras que tendríamos para alcanzar el orgasmo serían las propias expectativas que se tienen respecto a él. Estas expectativas vienen de la cultura, de la moral, de los modelos relacionales, de la pornografía o incluso de las representaciones cinemáticas de las relaciones románticas y sexuales. Tenemos una idea muy concreta de lo que se supone que es la sexualidad. Como explica la comunicadora y sexóloga Sonia Encinas, estamos acostumbradas a asociar la sexualidad al sexo y el sexo al coito, cuando la sexualidad es mucho más amplia. En la sexualidad encontramos la intimidad como forma de comunicación y de relacionarnos, y entre sus formas está la intimidad sexual. Esta intimidad sexual, aunque debido al sistema social coitocentrista y genitalcentrista se enfoque en las relaciones coitales, en los genitales y en las relaciones típicamente heterosexuales, en realidad engloba todas las prácticas de intimidad sexual, como los besos, las caricias, los abrazos, los juegos eróticos, las risas y conversaciones durante y después del acto sexual, etc. En nuestra sociedad hemos aprendido que hay que separar los mal llamados “preliminares” y el coito, haciendo una distinción incluso de género en lo que se supone que gusta más a mujeres y a hombres. Hacer esto sólo dificulta y limita las amplias posibilidades de relacionarse de forma sexual.




 

¿Cómo podemos dejar atrás estas expectativas y comenzar a encontrar ese abandono al placer?

Para tener relaciones sexuales satisfactorias es importante haber pasado previamente por un proceso de autoconocimiento por medio de la autoestimulación y la autoobservación, para conocer lo que nos gusta y lo que no, y así poder compartirlo y comunicarlo con nuestra pareja sexual. Podemos comenzar observando nuestro cuerpo desde el cariño, el amor y el respeto (podemos ayudarnos de los espejos). Mirar nuestro cuerpo entero, observar nuestros genitales, acariciar todo nuestro cuerpo y encontrar nuestras zonas sensibles. Disfrutar de sentir el propio cuerpo, conocer nuestros ritmos, envolvernos en fantasías que aumenten nuestro deseo y dejarnos llevar. Aprender de nosotras como personas sexuales para poder expresar a nuestras parejas sexuales qué es lo que nos gusta y que es lo que no nos gusta.

Como cualquier otro tipo de relación, la comunicación aquí también es muy importante. Si algo no nos gusta, si no se tienen ganas en ese momento, si nos incomodan ciertas prácticas, si no se tiene deseo de seguir con alguna práctica sexual, es importante hablarlo, así como lo es el hecho de comunicar todas aquellas cosas que deseamos. También es importante observar si nuestros genitales están respondiendo bien a los estímulos sexuales para saber si es necesario utilizar lubricantes o simplemente seguir con otras prácticas no genitalizadas. Aprender a reconocer si tenemos o no deseo, si realmente nos apetece, pero también reconocer si estamos suficientemente preparadas y excitadas para comenzar ciertas prácticas, puesto que el no estarlo podría ocasionar irritaciones y dolor genital. No podemos hacer nunca nada que no queramos hacer, tenemos que dejar esta culpa atrás, porque al final estaremos condicionando a nuestro cuerpo a que nos deje de parecer placentero mantener relaciones sexuales, llegando incluso a evitarlas constantemente y a dejar de sentir ese deseo de tenerlas.

Hay que dejar atrás esas expectativas de tener que terminar las relaciones sexuales con un orgasmo, tenemos que pensar en si realmente nos sentimos mal porque no lo alcanzamos o porque se supone que deberíamos alcanzarlos, llegando incluso a recurrir a fingirlos para no defraudar o no hacer sentir a la otra persona que es un “mal amante”. La comunicación es muy importante, y naturalizar la diversidad de respuestas orgásmicas nos va a liberar de ese peso de contentar y de hacer creer que ha sido la mejor relación sexual de nuestra vida. Quizá si comenzáramos a ser más sinceras con nuestras parejas sexuales mejoraríamos y aumentaríamos el placer en ellas. Quizá, si empezáramos a quitarnos un poco ese peso de las exigencias sobre todas las cosas que deberíamos hacer o que nos deberían gustar en las relaciones sexuales y empezáramos a descubrir poco a poco lo que realmente nos gusta para poder disfrutar más durante estas, aprenderíamos a dejarnos llevar por el placer. Si estamos satisfechas con la intimidad sexual propia y con nuestra pareja, quizá esto, de por sí, nos lleve de una forma natural a alcanzar orgasmos, sin ser este el fin último de las relaciones sexuales, sino una consecuencia del abandono al placer.

Podemos introducir también otros elementos a nuestras relaciones sexuales como fantasías, juguetes y juegos erótico-sexuales. La revolución de los juguetes sexuales, las novelas eróticas, los complementos eróticos, nos han traído nuevas herramientas para aumentar las posibilidades en los encuentros con nosotras mismas y con nuestras parejas sexuales, por lo que son también grandes aliados para el autoconocimiento y para el aumento del placer compartido.

También es importante saber que, tanto en mujeres como en hombres, existen diferentes tipos de orgasmos. Y no me refiero a qué es lo que se supone que se tiene que hacer o tocar para alcanzarlo, sino a que la respuesta refleja del orgasmo y, por tanto, la experiencia orgásmica, no siempre es igual. Hay que recordar que el orgasmo es un reflejo, y como tal tiene un umbral de respuesta con su propia gama y distribuciones que dependerán de cada persona, pero además, la respuesta orgásmica tiene su propia variabilidad y puede depender de factores como el estado de ánimo, el estado del organismo, la estimulación, el sentimiento sexual, el contexto, el estímulo excitatorio, etc. Como dice el ginecólogo y sexólogo Pedro La Calle (2019), el orgasmo no es ni más ni menos que un fenómeno reflejo que sucede en la comunicación erótica. La respuesta sexual, a fin de cuentas, es una respuesta emocional. Por lo que saber que la respuesta orgásmica puede ser fluctuante y/o aguda durante la relación sexual también puede ayudarnos a dejar de identificar el orgasmo como ese punto más álgido y que decae de forma abrupta, sino también como ese clímax de placer que se va manteniendo por la excitación y, sobre todo, como esa respuesta emocional que se da según la comunicación sexual que hemos estado manteniendo en nuestras relaciones sexuales. El orgasmo es tan personal que ni en la ciencia se pone de acuerdo para definirlo, cada persona lo vive y lo siente de una forma diferente.




          Imagen sacadas de la Librería de Orgasmos con Sonidos Reales del proyecto de Bijoux Indiscrets

 




Nos han hablado de las relaciones sexuales siempre desde el temor, desde la culpa, desde el miedo, desde el remordimiento. Aunque parezca que vivimos en una sociedad con mayor libertad sexual, esos sentimientos y esa forma de mirar las relaciones sexuales siguen ahí, como algo peligroso, como algo que hay que pasar con urgencia, con prisas, con desahogo. En las relaciones sexuales hay que dejarse llevar con total consciencia de ello, con profunda sensibilidad y entendimiento. Para poder abandonarnos en el sexo, tenemos que convertirnos en cada sensación que estamos percibiendo. Dejar de estar en la cabeza, dejar de mantener relaciones sexuales desde el pensamiento, porque el pensamiento siempre nos distrae de la realidad. Tenemos que crear una intimidad en la que dejemos de convertirnos en personas que dan o que reciben, hay que pensarlo como una experiencia en la que se está compartiendo placer bidireccionalmente en todo momento. Hay que dejar atrás la sociedad y estar lo más presente posible en el acto, tanto que al final podamos sentir que la otra persona también desaparece y puedas comportarte como si la otra persona no estuviera. No me malinterpretes, no es hacer lo que te dé la gana sin importar lo que opine o quiera la otra persona. Es como cuando estás tan a gusto con una persona que puedes ser completamente tú. Es poder entrar en las sensaciones y en el abandono al placer desde la tranquilidad de poder mostrarte de la forma más natural y tú posible.

Muchas personas necesitan controlar cada cosa que pasa en las relaciones sexuales, teniendo una presencia inhibitoria por estar demasiado tiempo en su mente, con diálogos internos que producen una reducción del deseo por la ansiedad mental. ¿Qué estará pensando?, ¿Le gustará así?, ¿Por qué hace eso?, ¿Me pongo mejor así?... Se convierte en algo mecánico. El sexo es un acto de intimidad pura que nos tiene que sacar de la mente, que nos desequilibra porque cuando es puro deja de haber razonamiento. La necesidad de control hace que no podamos disfrutar de un acto que requiere de ese dejarse llevar. Esa necesidad de control nos ha hecho hasta limitarnos en nuestros movimientos corporales, donde en vez de expandirnos nos contraemos, nos paralizamos y dejamos nuestro placer solo en manos de la otra persona sin estar disfrutando al 100% del acto.

Hay que dejar de tomarnos las relaciones sexuales como algo que nos lleva a alguna parte, no es un medio, sino un fin en sí mismo. Si buscamos el orgasmo o la eyaculación desde el primer momento, si es lo que tenemos en la mente cuando mantenemos relaciones sexuales, entonces estamos utilizando el sexo como un medio de descarga tensional en el que estamos utilizando a la otra persona para ello. Nos introducimos en las relaciones sexuales pensando en el cómo va a acabar, en el futuro cercano, en vez de mantenernos continuamente en el presente, en la pasión, en el cariño, en el amor. Si no pensamos en el final no podemos pensar en el fracaso, no podemos tener ansiedad de rendimiento porque el valor de la relación estará en la propia relación, y esto es lo que nos llevará a una mayor satisfacción sexual.

 

 

 

Paula Arribas

Escuela Educación Sexual