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"Lo que muestra el porno no es real" y otras mentiras.

Por Elizabeth Manzano

“Lo que muestra el porno mainstream no es real”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Tantas que quizá ya la tenemos interiorizada, pero, para mi gusto, es demasiado simplista, desafortunada e incorrecta. Es como: “¡Hala!, lo digo y ya he cumplido”. Pero es que el porno, y lo que pasa en un vídeo porno sí es real. Es más, es un reflejo de la sociedad, es el resultado de lo que la sociedad está pidiendo, de la oferta que suple la demanda. Es grave esto, muchísimo, y no se neutraliza con un “todo es mentira”, ojalá lo fuese.


También se dice que el porno no es educación sexual. Pero es que sí, sí que lo es, además es una de las influencias más poderosas; tiene la suficiente fuerza y potencial actualmente como para educar. Ahora bien, otra historia es el tipo de educación, pero no la subestimemos. Del porno se aprende, coño que si se aprende, sobre todo a deshumanizar/se, sales con máster. De todas formas, a lo largo de este artículo os iré argumentando mis posicionamientos.


Intentar luchar contra los efectos devastadores de la pornografía mainstream a nivel socio-sexual con estas afirmaciones quita el foco de atención, incluso minimiza e invisibiliza lo que realmente la hace tan peligrosa. Es la salida rápida, ya lo dije antes, es lo suficiente para silenciar nuestras consciencias y que luego no se diga que no hemos avisado.

“Entonces, ¿qué hacemos?, ¿qué nos queda?” LUCHAR CON EDUCACIÓN SEXUAL CLARA, DE CALIDAD, SIN MIEDOS, SIN CENSURA, SIN MORDAZAS. Y si levanta ampollas, es porque está empezando a remover mentes. Salir de la zona de confort.



Dicho esto, empiezo a argumentar.

La pornografía mainstream es el escaparate más grande de la gran diversidad de violencia y maltrato sexual, físico y emocional que se puede ejercer contra las mujeres. “Ya, pero están ahí aceptándolo porque quieren”, me dirán, pero hoy precisamente no me voy a meter en eso, porque es también una excusa facilona para justificar su consumo, para no sentirnos mal por buscar ver cómo se abofetea la cara de una mujer mientras se la obliga a hacer una felación, empujando su cabeza para que no pueda moverse y provocarle una arcada que desencadene en vómito. ¿Incomoda leerlo? Hay cosas que son injustificables. No hace falta tampoco irse a este ejemplo, solo basta con fijarse en el tipo de penetraciones que se filman, la brutalidad que conllevan. Si esto no nos remueve, quizá nos hemos habituado, quizá ya nos está haciendo efecto su inhibidor de empatía. 


No hace falta darle al play para saber de qué estoy hablando, basta echar un vistazo a los títulos de dichos vídeos, dignos de pasajes del terror, donde las palabras estrella en son “adolescentes/colegialas/estudiantes calientes en uniforme”, “puta follada”, “follada salvaje”, “jovencita zorra caliente”, “joven perra”, “inocente hermanastra”, “puta colegiala follada por intruso” … Estos son algunos de los títulos que a día de hoy hacen referencia a los vídeos con más reproducciones y likes. ¿Qué implica el “follada” ?, que ella es un objeto en el cual se introducen penes hasta que eyaculan u objetos; ¿qué implica “puta”? en el imaginario social imperante, una mujer a la que podrás hacer de todo porque no se quejará ni pondrá límites, que no merece tu respeto, es más, le gustará seguro, sea lo que sea, y cuanto más salvaje, mejor; ¿y “jovencitas con uniforme”? no hay límites de edad, una niña o una adolescente puede ser cosificada e hipersexualizada hasta tal punto que no vemos a una persona en proceso de desarrollo, donde su valía depende de su desempeño sexual y sus genitales “apretados”.


Se busca ver “guarras viciosas” o “adolescentes inocentes”, todas a pleno servicio del hombre, sometidas y forzadas. No se busca ver a mujeres dueñas de sus cuerpos, disfrutando de su sexualidad, de compartirla, y con poder de decisión.


“Pero, un título no le hace daño a nadie”. ¿No?, ¿seguro?, ¿qué estamos buscando consumir? Precisamente lo que se describe en esa línea, y cuanto más violento sea, más capacidad de llamar nuestra atención; ¿en qué posición coloca a las personas que aparecen en el vídeo?, ¿con qué ojos lo miras?


Habituales estrangulaciones, manos apretando el cuello, arcadas, vómitos, lágrimas, gestos de dolor, falta de aire y sensación de ahogo, azotes que dejan marcas, tirones de pelo, penetraciones brutales sin previo aviso, manejo del cuerpo sin consideración, como si solo fuese eso, un cuerpo vacío, sin alma, sin emoción, por favor, fijaos en la expresión de sus ojos en estas escenas. Esto produce DOLOR y más aún cuando ni hay deseo ni excitación; ni el cuerpo ni la mente están preparados para recibir este tipo de maltrato. No lo silenciemos diciendo que eso que vemos no es real, porque es precisamente a lo que hay que dar visibilidad, donde hay que poner el foco. Es el más claro ejemplo de DESHUMANIZACIÓN. La violencia sexual que vemos es REAL. Se obvia el placer de la mujer, que queda reducida a un aparato masturbador con función manos libres.


Y cuando nos adentramos en esta realidad podrida, la cotidiana deja de excitarnos, necesitamos nuestra ración de degradaciones para corrernos, los estímulos como caricias, besos, caminar con los dedos por el cuerpo de la otra persona y por el nuestro no nos despierta nada. Cuanto más sexo violento vemos, más relacionamos la excitación con este tipo de situaciones, creando una unión entre ellos que se solidifica con la insensibilización frente a situaciones que deberían despertar nuestra rabia y poner nuestro grito en el cielo, pero no, lo empezamos a interiorizar y tomar como modelo. Y cada vez necesitamos más, más cantidad, más intensidad para poder obtener lo mismo. Y cuanto más aumenta, más disminuye la repulsión frente a las vejaciones.


El porno actúa como una droga dura. Es una inyección a nivel cerebral de dopamina, y por eso volvemos a beber de esa fuente; es nuestra forma de inyectarnos otra dosis, luchando contra la habituación cerebral. Son escenas hiperestimulantes que impactan en nuestro sistema de recompensa.


Afecta a nuestra respuesta sexual, donde quemamos las fases en vez de transitarlas; es decir, no hace falta ni sentir deseo (una fuera de juego, quizá la más importante, que en un video porno no sale, por supuesto), clic en el play y excitación, cuanto antes la eyaculación y con suerte un orgasmo, que nos puede dejar vacío y frustración que intentaremos llenar consumiendo más porno para masturbarnos más y volver a corrernos, pero es un círculo vicioso; ¿y la fase de meseta?, ¿la fase del medio? Otra borrada del mapa. Esto a la larga nos reduce nuestra sexualidad a sombras, fundiendo poco a poco todas sus luces.


Inconscientemente estos patrones comportamentales los vamos adoptando en nuestras futuras relaciones sexuales, y vamos directos a hacer eso que hemos visto cien veces, como azotar o apretar la cabeza, sin ni siquiera plantearnos si a la mujer que lo recibe le resultará placentero, no preguntamos, lo damos por hecho, porque a la “puta follada duramente” le volvía loca… Cambiamos el placer por el castigo, un castigo misógino.


Encontramos todas las categorías imaginables, pero la conexión emocional no aparece, y esa conexión ES NECESARIA, la COMUNICACIÓN ES NECESARIA. Una caricia, una conversación, acuerdos y los límites también.


De un tiempo a esta parte, el gran resurgimiento de la ola morada y el impacto social de una violación grupal hizo que, “hostia, cuidado, peligro, que a lo mejor la gente empieza a hacer asociaciones; vamos a marcarnos un purplewashing y así nos lucramos hasta del 8M, vamos a lanzar la categoría de PORNO FEMINISTA.

¿Perdón?, demos las gracias por este gran acto de respeto a hacia la mujer, donde hay una categoría al lado del non-consent y bukkake, donde supuestamente la mujer lo goza (mismo perro, distinto collar). Y, además, abre otro debate, entonces ¿ahora se puede elegir si ver cómo se veja a una mujer, o que diga que no y se respete?, ¿en serio no vemos esto? El porno atenta contra los DERECHOS HUMANOS de las mujeres.


Inevitablemente, se retroalimenta con otras dos esferas: prostitución y violación. En la prostitución porque seguimos categorizando a las mujeres en putas o castas. Y cómo le vas a pedir a una mujer casta que haga las cosas que ves en el porno, eso a una puta, que por 20 euros le puedes escupir si te da la gana, y sacias esa ansia de tortura, y después te vas.

¿Qué ha pasado cuando en las noticias ha salido un caso de violación? Que las búsquedas principales en los portales porno hacen referencia a esa violación, a cualquier rastro, yendo como pollos sin cabeza a visionarlo, pajearnos con el sufrimiento ajeno, porque nuestro NO quiere decir “sí”, es solo una estrategia, un incentivo, porque, aunque no queramos, seguro que lo vamos a disfrutar.


Ya no solo se buscan escenas “teatralizadas” de no consentimiento, sino que preferimos esos vídeos para regodearnos en su humillación, porque se lo merece, por grabarse, aunque no se haya enterado de que estaba siendo filmada, aunque haya sido a la fuerza. Se erotizan, en el fondo es lo que nos gusta y lo que vamos pidiendo, las bestialidades, las penetraciones sin ningún atisbo de cariño o empatía, sin ninguna muestra de respeto o cuidado, ¿no? (ironía, por supuesto).

Es el combustible de la cultura de la violación, el manual de instrucciones.


“Vamos a prohibirla entones”. Mejor vamos a desmontarla; el mejor antídoto no es la censura, sino la verdad, el sentido crítico, y la puesta sobre la mesa de alternativas. Crear un altavoz que haga que resuene la Educación Sexual SANA y ÉTICA.


Podría hablar de muchísimas más cosas, pero creo que argumentos como que solo se ven cuerpos normativos, genitales sin vello, etc, etc, se pueden encontrar con facilidad. Mi objetivo no es decir lo que a simple vista se puede observar, sino meter un poquito el dedo en la llaga.

No se trata de criminalizar a quien lo consume (que tire la primera piedra quien nunca haya visto ni un solo vídeo porno), sino concienciar, porque nunca es tarde para dar la espalda a este tipo de mercado y sus condiciones.


El consumo de esta pornografía cada vez empieza a ser habitual a edades más tempranas. O nos ponemos las pilas, o vamos a tener un problema mayor si cabe que nos va a costar frenar.


Yo no quiero formar parte de esta industria, porque mi atención y mis visitas le dan más fuerza e influencia, y si tú tampoco quieres, granito de arena más granito de arena…

Te propongo que la próxima vez que le des al play, lo hagas para analizar qué pasa realmente a lo largo de eso 6, 10, 22 minutos; que encendamos de nuevo la empatía, porque cuando le quitas la máscara, empiezan a aflorar los sentimientos que nunca deberían desaparecer frente a esas grabaciones.

¿Sigues pensando que todo lo que sale en el porno es mentira?

Elizabeth Manzano

sexología