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En la piel del otro. Relato sobre diversidad funcional y sexualidad.

Por Bea Roca

“Aunque eres diferente a mí, hermano mío, lejos de dañarme, tu existencia enriquece la mía”

(Antoine de Sant-Exupéry)





Me llamo Beatriz y no soy enana, ni soy menos que nadie. Tengo acondroplasia, pero también tengo ilusiones, sueños y planes de futuro. Tengo manías, problemas y defectos. Tengo mis días buenos y mis días malos. Tengo ganas de viajar y de enamorarme. Tengo oportunidades y capacidades. Soy mucho más que una apariencia de 115 centímetros.

Llegar a mis 28 años con la madurez que tengo ahora no ha sido nada fácil y salir de la depresión que casi me quita la vida tampoco. Pero aquí estoy, sintiéndome más viva que nunca.


Para que puedas empatizar algo conmigo me gustaría contarte mi testimonio de vida y para ello te presto mis gafas de ver y mis zapatos, que en caso de haberlas comprado, las compraría en la misma óptica y en la misma zapatería que tú.


Nací con acondroplasia que es una displasia ósea ocasionada por un trastorno genético que provoca alteraciones en los fibroblastos y genera anomalías en la formación de los cartílagos y por tanto en el crecimiento de mis huesos. Esto no limita mi esperanza de vida ni tampoco mis capacidades intelectuales. No hay nadie más como yo en mi familia y las estadísticas señalan que esta mutación genética aleatoria ocurre espontáneamente en aproximadamente 1 de cada 20.000 nacidos vivos en todos los grupos de población. Además habrás podido notar que mi cabeza es relativamente mayor, que mis extremidades son algo más cortas y que mi tronco es regular. ¡Mi estructura es pequeña pero mi corazón es gigante!


Mi madre siempre me dijo cuando era pequeña que las mejores esencias se guardaban en los frascos más pequeños, pero esto nunca lo vieron en mi colegio, ni en mi barrio, ni en el mundo laboral ni en la sociedad en general. 

La escuela fue un gran trauma para mí, el primer espacio en el que socializaba que nunca estaba libre de miradas, comentarios e insultos… Mi silla era muy aparatosa, con engorros añadidos para poder subir a ella y que el respaldo me quedase más cerca del pupitre. Había siempre una diferencia llamativa con el resto del mobiliario de mis compañeros.

Mi estatura baja, mis extremidades cortas y las deformaciones de mis articulaciones hacían más difícil y más lenta la adquisición de mi autonomía en las actividades de la vida diaria: caminar, subir escaleras, correr, vestirme, lavarme pero también escribir. Sufría mucho psicológicamente y cada vez me aislaba más. Así que cuando terminé la educación secundaria obligatoria, decidí pirarme del instituto y no volver nunca más.





Mi hermana ya tenía novio e incluso había mantenido relaciones sexuales. A mí nadie nunca me había acariciado, ni siquiera había experimentado la humedad de un beso. Era una chica preciosa a pesar de mis complejos.

Tenía muchas ganas de explorar, probar, sentir y compartir mi sexualidad. Me daba igual con quien. Estaba dispuesta a pagar cualquier precio con tal de que me tocase un hombre. Por lo que nada más cumplir la mayoría de edad decidí que para dar rienda suelta a todo lo que imaginaba mi cabeza debía hacerme estríper y ser la mejor “enana” de compañía de las despedidas de solteros, fiestas y eventos. ¿Dónde si no podría yo tener cabida? Buscaba el amor en estos lugares, desesperadamente. Pero solo hallaba bromas, comentarios chistosos, burlas malintencionadas y miradas indiscretas. Todo esto me fue minando cada día un poquito más, la sociedad me estigmatizaba y me humillaba. Y yo no me quería.


La imagen de las personas con enanismo ha estado tradicionalmente asociada a la bufonada, la broma grotesca y otros contenidos denigrantes, lo cual han contribuido y contribuyen actualmente a perpetuar y profundizar el estigma. Desde las “gentes de placer” de las cortes de los Austrias, hasta los programas de televisión o espectáculos actuales a menudos costeados con fondos públicos en las fiestas de los pueblos. El “enano” o la “enana” ha venido utilizándose desde hace siglos para causar risa y todos estos espectáculos tienen en común el hecho de que no pretenden provocar risa a través del ingenio del actor con acondroplasia, sino simplemente la explotación de su estado físico, a menudo ridiculizándolo con disfraces o actuaciones morbosas de dudoso gusto.


Yo no podía más. Y aquí empezó mi estrecho noviazgo con la depresión. Al principio no tenía fuerzas ni ganas para pedir ayuda. No me abría a mis padres, pues en el fondo y no tan hondo, los veía “normales” como a los demás y los odiaba por haberme dado esta vida. 

Quería y pretendía que las críticas, las devaluaciones y las descalificaciones de los otros no me afectasen, me resbalasen y me resultaran totalmente indiferentes, como si estuviera dotada de una capa mágica desintegradora de miradas, palabras o actitudes.

Lamentablemente era bastante improbable que esto fuera así, pues no existía tal invento de forma artificial. Entendí que de forma natural el ser humano era un ser sociable, que convivía con las demás personas, y cuyas valoraciones jugaban un papel en la visión que tenía de mí misma. Necesitaba la ayuda de un psicoterapeuta y apareció Gemma en mi vida.


Tales situaciones desde luego no eran agradables, por lo que las emociones que me generaban eran totalmente normales y justificadas. Pensar que emocionalmente no tenía que reaccionar, era una cuestión bastante utópica, y en mi opinión inútil para una persona que tiene la opción de defenderse y a su vez de aprender y de enseñar a partir de dicha experiencia.

Gemma me ayudó a diferenciar dos tipos de respuestas que generaba ante las devaluaciones de los otros. La respuesta emocional: enfado, rabia, tristeza, impotencia… y la respuesta conductual: gritar, contestar, huir, hablar, criticar… Aprendí que estos tipos de respuestas estaban mediados por la interpretación que hacía de cada situación; por mis pensamientos…

Trabajó conmigo y con mi familia y nos propuso que ante una situación incómoda, desagradable y negativa como las numerosas que ya habíamos vivido y sufrido, las transformásemos en oportunidades únicas para entrenar nuestros recursos de afrontamientos activos.


Fue muy duro, muy costoso, muy agotador. El camino era largo y mis piernas chiquitas pero finalmente me divorcié de la depresión. Decidí entonces irme a vivir a Mallorca, era uno de mis sueños. 

La gente me preguntó: ¿y qué vas a hacer en Mallorca? Y, después me hicieron otra cuestión: ¿cómo vas a vivir?, y luego otra: ¿cómo lo vas a hacer?

Con el tiempo fui respondiendo a esas preguntas. Voy a Mallorca a trabajar, voy a vivir la vida sin complejos y lo voy a hacer como lo hacen todos los demás. Nací con acondroplasia, un trastorno en el crecimiento de los cartílagos que provoca enanismo especialmente en las extremidades. 50 centímetros, eso es lo único que me distancia de los demás. ¿Os imagináis que sería de la humanidad si por cada palmo o si por cada metro nos hubiésemos rendido?

Hemos avanzado tanto que la altura se ha convertido en algo anecdótico y la distancia en una simple y bonita metáfora.

Dicen que tengo discapacidad pero me desenvuelvo como una persona más y a veces sí, pido ayuda hasta en eso soy igual que todos los demás.

No hay ni una sola meta en este vida que puedas alcanzar si caminas por ella con miedo a las alturas.





Bea Roca

Escuela de Educación Sexual