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Relato erótico. Del yoga a la orgía

Por Bea Roca

La vida empezaba a cobrar algo de normalidad después de tanta pandemia. Mi mejor amiga era adicta al yoga y a la meditación. Casi todos los sábados por la mañana madrugaba y se iba con otras mujeres a una casita pintoresca en medio del campo a meditar y respirar aire puro. Yo siempre prefería remolonear en la cama hasta las 12 del mediodía, pero ese sábado, no me preguntes por qué, después de 7 invitaciones fallidas decidí ir.

-Ven con ropa cómoda- me dijo. Nada de telas que aprieten y no dejen respirar. Trae ropa que no te importe que se pueda manchar. Así que allí estaba yo, con unos pantis con algunas manchitas de lejía y una camiseta de hacía cuatro temporadas.

-Bienvenidas chicas- dijo Inés la monitora de yoga. Me llamo Inés y estoy encantada de poder compartir otro sábado más con vosotras. Veo caras nuevas y eso me ilusiona.
La verdad es que Inés era una chica realmente atractiva y risueña. Su cuerpo estaba muy definido y sus pezones también. No llevaba sujetador y la brisa de las 8 de la mañana le provocaba erección.

-Joder, pensé. Qué buena que está la Inés. Ahora entiendo lo de la ropa cómoda. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que era la única que llevaba sujetador. Siempre me había fijado en los hombres, aunque nunca negaba cuando una chica era linda. No sé si fue por el encanto del sitio, por la pureza que se respiraba o por la magia de los primeros rayos del sol, pero me sentía excitada. Éramos un grupo de seis mujeres, incluidas Inés, mi amiga Leticia y yo.

-¿Qué os parece si empezamos trabajando la respiración consciente?– dijo Inés abriendo su esterilla en el suelo. Nos colocamos haciendo un círculo y mientras todas respiraban con los ojos cerrados siguiendo las pautas de esa voz tan divina, yo permanecía con mis ojos entreabiertos observando los cuerpos sin poder dejar de mirarlos y sintiendo latidos fuertes en mi coño.

De repente, Alicia al extender sus brazos buscando una postura cómoda me rozó. Y sentí toda mi piel erizada de pronto. Pero es que también rozó mi pie con su pie… -¿Qué significa esto?, pensé. No conseguía meditar, mis fantasías volaban más rápido que la brisa de la mañana.

Luego hicimos ejercicios de estiramientos para despertar el cuerpo. Justo delante tenía a Sindy, una chica negra tizón… Siempre había querido follar con un negro, por eso de que tienen una tranca mayor que la media española… Pero, ¿cómo sería follar con una negra? 




Siguiendo las instrucciones de Inés, había que tocar los dedos de los pies con las puntas de las manos sin doblar las rodillas, y a Sindy se le marcaba el contorno del tanga a través de los leggins. Me sentía la entrepierna mojada.

La verdad es que cada vez que hacía un ejercicio o estiramiento me molestaban los aros del sujetador. Mis pantalones estarían manchados de lejía, pero el sujetador era negro de encajes, ¡precioso! Intenté desabrocharlo, pero nunca se me dio bien. Siempre solía atarlo y desatarlo por delante, justo a la altura del esternón. Viendo que no podía Carolina me prestó su ayuda. Tenía las manos heladas y al roce con mi espalda me estremecí. Solté un pequeño gemido que fue bienvenido.

Empezamos a hacer posturas diversas: el árbol, la mariposa, el saludo al sol, el gato, el puente… y a mi me parecían un kamasutra de lo más erótico. Inés, con sus pezones aún erectos, me corregía las posturas tocando mi abdomen. Durante unos segundos nos mantuvimos la mirada, pisó sin querer mi sujetador que estaba en el suelo y me sonrió. No daba crédito a lo que estaba viviendo.

Leticia me había contado que sábados alternos también practicaban acroyoga. En su momento me tuvo que explicar que consistía en una fusión entre yoga, acrobacia y masaje. Y justamente ese sábado tocaba, pero antes paramos para hacer un desayuno.
Picaba el sol y decidieron quitarse la ropa, quedarse en braguitas y refrescarse con una manguera. Estaba taaaan a gusto y tan caliente que también me la quité.
Después de tomar zumo y tostadas, Inés puso música tantra y varitas de incienso. Nos puso en parejas y empezamos con figuras básicas.
El contacto piel con piel era brutal figura tras figura. Hicimos el trono, el pájaro volador, el murciélago abierto y el murciélago cerrado. Era como un kamasutra erótico plus con plus doble añadido por la desnudez. Entonces Sindy propuso hacer una figura entre las seis. Y allá que fuimos.

Inés, Leticia y Carolina abajo. Sindy, Alicia y yo arriba. A la de uuuna, a la de dosss y ¡patapam!
Nos caímos unas encimas de otras… Se creó un silencio, luego unas risitas… nadie se movió. 

Estábamos sobre la hierba fresca, cuerpo con cuerpo, nos mirábamos. Alguien acariciaba mi pierna, no sabía de quién era la mano, pero era agradable.
Carolina y Leticia de pronto se besaban. Sindy jugaba con el tanga de Alicia y Alicia acariciaba el pelo a Inés. 
De repente Inés me miró y me dijo: ¿estás bien? Y yo le respondí con un beso en la boca.
Estaba tan alucinada como cachonda, pero tenía claro que me iba a dejar llevar.
Sentía una lengua a mitad de pierna que iba deslizándose hacia arriba. Cuando me di cuenta tenía el coño de Sindy en la cara. ¡Qué coño! Nunca le había visto el coño a una negra y no me podía parecer más delicioso. Le quité el tanga. Lo chupé. Lo chupé y lo lamí como si no hubiese un mañana. Ella gemía y yo sentía que le gustaba. A su vez Leticia y Alicia le comían las tetas. ¡Qué tetas! También me parecían preciosas. Entonces sentí unos dedos que apartaban mi tanguita y se adentraban en mi vagina. Reconocí las manos de Carolina al desabrocharme el sujetador. Nunca antes me habían tocado igual. Iba tan caliente que no tardé en correrme ni dos minutos. Busqué con mi mano los pechos de Inés. Me volvían loca. Pude llevármelos a la boca y mamé de ellos como si saliese leche. Estaban riquísimos. Leticia se quitó sus bragas y empezó a masturbarse. Me resultaba extraño ver cómo mi amiga de toda la vida se masturbaba frente a mí, pero si soy sincera en más de una ocasión cuando hablábamos de una noche loca de sexo me la llegué a imaginar.
Tenía ganas de comerme un culo y a Alicia la tenía a tiro. Empecé a acariciar con mis manos sus glúteos y ella se dejó. Poco a poco me iba acercando a la zona perianal y ella cerraba los ojos abriendo la boca. Le lamí. Le lamí de arriba abajo y de abajo arriba. Gemía. Masajeé su ano con mucha saliva y me pidió que le metiese el dedo. Se corrió. 



Estuvimos revolcándonos en la hierba largo y tendido. Tendido y largo. Hasta qua acabamos extasiadas tomando el sol. Entonces entendí que el yoga nos trae al momento presente; el único lugar donde existe la vida.

Bea Roca

Escuela de Educación Sexual